Catalina Fernández
Lo que solemos llamar “no saber disfrutar la calma” no es un defecto de carácter ni una falla espiritual. Es, en muchos casos, la expresión coherente de un sistema nervioso que aprendió a sobrevivir en contextos donde la seguridad no era estable.
El cerebro humano no está diseñado primariamente para hacernos felices. Está diseñado para predecir y minimizar amenaza. Desde los modelos contemporáneos de procesamiento predictivo, se entiende que el sistema nervioso construye constantemente hipótesis sobre el mundo basándose en experiencias pasadas. No percibimos la realidad de forma neutra; la interpretamos a través de memorias implícitas, aprendizajes emocionales y patrones corporales sedimentados.
Si en las primeras etapas de la vida hubo imprevisibilidad, alta activación emocional, amenaza relacional o inseguridad de apego, el cerebro aprende algo muy específico: la calma no es el estado base. La calma es el intervalo entre peligros. Es el silencio antes del ruido.
En ese contexto, cuando aparece una etapa de estabilidad, el organismo no la interpreta automáticamente como seguridad. Puede experimentarla como irreal, frágil o sospechosa. No porque la persona quiera sabotearse, sino porque su sistema está entrenado para detectar señales de alerta. La vigilancia se convirtió en sinónimo de protección.
Desde la neurobiología del trauma y del apego, autores como Stephen Porges han propuesto que la regulación emocional está profundamente ligada al estado del sistema nervioso autónomo. Cuando hay historia de amenaza, el sistema simpático tiende a volverse dominante: aumenta la activación, la preparación defensiva, la anticipación de peligro. La amígdala, estructura clave en la detección de relevancia emocional, se vuelve más sensible a señales ambiguas.
En cambio, el estado asociado al circuito vagal ventral —relacionado con conexión, calma y seguridad social— puede no resultar familiar. Y lo que no es familiar, aunque sea más saludable, puede percibirse como extraño.
Paradójicamente, cuando el cuerpo entra en una calma real —disminuye la activación simpática, baja la hiperalerta, se abre espacio interno— puede emerger algo inesperado: memoria emocional no procesada. Sensaciones, imágenes o tonalidades afectivas que antes estaban amortiguadas por la activación constante.
La mente, ante esa apertura, puede reaccionar generando escenarios catastróficos, anticipaciones negativas o fantasías de pérdida. Imaginar el peor desenlace no es una elección moral; es una estrategia adaptativa. Si lo anticipo, estoy preparada. Si lo imagino, no me toma por sorpresa. Si permanezco en alerta, reduzco la probabilidad de quedar indefensa.
Investigaciones sobre circuitos defensivos, como las desarrolladas por Joseph LeDoux, distinguen entre respuestas automáticas de supervivencia y la experiencia consciente del miedo. Muchas de estas respuestas no pasan por una deliberación racional; son patrones aprendidos que se activan con gran rapidez. Cuando esos circuitos se consolidan durante años, el organismo puede quedar fijado en un modo de anticipación permanente, incluso cuando el entorno ya no es objetivamente amenazante.
Aquí aparece el sufrimiento crónico: el sistema sigue funcionando como si el pasado estuviera ocurriendo ahora.
En algunos casos, la calma no solo resulta incómoda, sino que produce una sensación de irrealidad. “Esto no puede durar”, “seguro algo malo viene”, “no confío en que esté todo bien”. Esa experiencia puede entenderse como una forma leve de desconexión corporal. Si la calma no fue el paisaje predominante durante la infancia, el cuerpo no la reconoce como hogar. Y lo familiar —aunque sea caótico— se siente más seguro que lo desconocido.
Es crucial subrayar que esto no define la personalidad. No es que alguien “sea dramático” o “disfrute sufrir”. Es un sistema protector organizado en torno a experiencias tempranas de hipervigilancia, inestabilidad o apego inseguro. El cerebro prioriza sobrevivir antes que disfrutar. La anticipación constante fue, en algún momento, una solución eficaz.
La pregunta entonces no es por qué alguien reacciona así, sino cómo puede reaprender la calma.
La plasticidad neural ofrece una respuesta esperanzadora. El sistema nervioso cambia con experiencia repetida. Pero no a través de la imposición de pensamiento positivo o de la negación del miedo. La recalibración ocurre mediante exposición gradual y tolerable a estados de seguridad, regulación sostenida del sistema autónomo, vínculos confiables y experiencias corporales correctivas.
En términos funcionales, se fortalece la comunicación entre corteza prefrontal y estructuras límbicas, ampliando la ventana de tolerancia emocional. La calma deja de ser un territorio desconocido y comienza a volverse habitable.
Este proceso requiere algo más que técnica: requiere comprensión. Cuando una persona reconoce que su tendencia a imaginar lo peor fue un intento de protegerse, cambia la relación con ese patrón. Ya no es un enemigo interno, sino una parte que aprendió a cuidar como pudo.
La calma no se impone. No se decreta. No se fuerza.
Se aprende a habitar lentamente, con repetición, coherencia y experiencias que contradigan —de manera encarnada— la antigua predicción de peligro.
Porque cuando el organismo descubre que la calma puede sostenerse, que no siempre precede a la catástrofe, algo profundo se reorganiza.
No se trata de volverse ingenua.
Se trata de ampliar el mapa.


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