Puedes conocer tu historia de memoria. Puedes haberla contado muchas veces, haberla pensado desde todos los ángulos, entender con total claridad de dónde viene ese miedo, esa alerta, esa forma de cerrarte cuando alguien se acerca demasiado. Y aun así, en un momento cualquiera —una voz que sube de tono, un silencio, una puerta que se cierra—, algo en ti responde como si lo difícil estuviera ocurriendo de nuevo, ahora.
No es falta de voluntad ni de comprensión. Es que comprender y reaccionar no ocurren en el mismo lugar. Lo vivido no quedó solo como un recuerdo que se puede contar: quedó como una forma de organizarse. Y muchas veces, sin darnos cuenta, la vida entera empieza a girar alrededor de esa herida: lo que evitamos, lo que elegimos, a quién dejamos acercarse, cuánto nos permitimos descansar, desear, confiar.
Una herida, no un objeto
La palabra trauma viene del griego y significa herida: algo que se rompió, que se abrió donde antes había continuidad. Pero hay una imagen muy extendida que conviene revisar, la del cuerpo como un recipiente donde el trauma quedó guardado, como si fuera un objeto que se pudiera encontrar y sacar.
El trauma no es una cosa depositada adentro. Es una reorganización. Frente a algo que fue demasiado —demasiado rápido, demasiado intenso, vivido en demasiada soledad—, el sistema interno hizo lo único que podía hacer: adaptarse para sobrevivir. Ajustó la percepción, la memoria, la respiración, el tono de los músculos, la manera de mirar al otro. Esas respuestas fueron inteligentes en su momento. El problema es que se quedaron, se consolidaron y siguieron operando cuando las circunstancias ya habían cambiado.
Por eso hablar de huellas es más preciso que hablar de cosas guardadas. Una huella no es un objeto: es la marca que dejó un paso, la forma que tomó un terreno. Y la forma de un terreno puede volver a cambiar.
Un sistema que no distingue bien entre ayer y hoy
Una de las razones por las que lo vivido sigue actuando en el presente tiene que ver con cómo se guarda la memoria cuando la experiencia es abrumadora. Diversos estudios indican que, bajo estrés extremo, el hipocampo —la estructura que ayuda a ubicar un recuerdo en su tiempo y en su lugar, a ponerle fecha y contexto— trabaja con menos precisión, mientras los sistemas que registran lo sensorial y lo emocional siguen grabando con intensidad. El resultado son memorias hechas de fragmentos: un olor, un tono de voz, una sensación en el pecho, sin la etiqueta que dice «esto pasó entonces, allá». Quienes investigan los recuerdos intrusivos describen justamente eso: una falta de contexto temporal, una cualidad de «ahora».
Esa memoria implícita no recuerda con palabras. Recuerda con reacciones. Por eso el sistema nervioso no tiene claridad sobre el pasado, el presente y el futuro: cuando algo de hoy se parece a lo que fue peligroso, la respuesta se activa completa, como si el tiempo no hubiera pasado.
A esto se suma algo que las neurociencias han ido mostrando en las últimas décadas: el cerebro no espera a que las cosas ocurran para responder, sino que predice. Construye mapas a partir de la experiencia y, con ellos, anticipa lo que viene. Cuando la experiencia fue de amenaza, el mapa se vuelve rígido. Los investigadores Adam Linson y Karl Friston proponen entender el estrés postraumático justamente así: una expectativa de peligro tan fuerte que pesa más que la información que llega del presente. Y hay un detalle fino en su propuesta: las mismas respuestas de defensa —tensarse, huir, paralizarse, dejar de mirar— impiden explorar lo suficiente como para descubrir que el peligro ya pasó. El mapa nunca se pone a prueba, y por eso no se actualiza.
Lo que el trauma quita: libertad, movilidad y ritmo
Si tuviera que nombrar en pocas palabras lo que el trauma produce en una persona, diría que es una pérdida de libertad.
Libertad de elegir, porque las respuestas automáticas deciden antes que nosotras. Libertad de movimiento, porque el organismo se organiza en torno a la protección: hombros que se adelantan, un diafragma que no termina de soltar, una mandíbula que aprieta, una respiración que se queda arriba. Y libertad de ritmo, porque un sistema que vive anticipando el peligro pierde la alternancia natural entre activarse y descansar, entre abrirse y recogerse. El sueño se vuelve liviano, la digestión se altera, la calma se siente extraña y, a veces, hasta amenazante.
Una vida organizada alrededor de una herida es una vida que se va estrechando. No porque la persona sea débil, sino porque su sistema aprendió que estrecharse era la forma de estar a salvo.
Spanda: la pulsación que se contrae
Hay un lenguaje muy antiguo que nombra esto de una manera hermosa: el de la tradición tántrica del shivaísmo de Cachemira, que se desarrolló en la India entre los siglos IX y XI. Es un saber construido desde la experiencia directa, cultivado durante siglos de práctica y observación de la conciencia, una forma de conocimiento con su propio rigor.
En esa tradición, la realidad no es algo quieto. Es spanda: vibración, pulsación, un movimiento sutil y constante de la conciencia que se expande y se recoge, como un corazón. Uno de sus textos centrales, los Spanda Kārikā, está dedicado por entero a esa pulsación. Y en otro texto de la misma tradición, el Pratyabhijñāhṛdayam de Kṣemarāja, aparece una idea muy luminosa para pensar el trauma: la mente es la misma conciencia que, al descender de su amplitud, se contrae en torno a aquello que percibe.
Leído desde ahí, el trauma podría entenderse como una contracción de esa pulsación. La energía vital, que naturalmente se mueve, queda comprimida alrededor de la herida, y la vida comienza a orbitar en torno a ese punto apretado. No se pierde ni desaparece: se condensa. Y lo que está condensado puede, con tiempo y cuidado, volver a pulsar.
La neurobiología y el tantra son dos caminos distintos de conocimiento: uno observa desde el laboratorio, el otro desde la práctica y la experiencia interior. Cada uno ilumina algo que el otro no alcanza, y no necesitan volverse lo mismo para dialogar. Lo hermoso es dónde coinciden: lo que nos daña no es solo un contenido, es una pérdida de movimiento. Y lo que nos restaura es recuperarlo.
Sanar no es sacar algo: es aprender que ya no hace falta
Si el trauma no es un objeto guardado, sanar tampoco puede ser extraerlo. La restauración es, sobre todo, un aprendizaje: el sistema interno aprende, en el presente y a través de la experiencia, que esas respuestas ya no son necesarias. Que la situación de hoy no requiere activarse de esa manera.
Las neurociencias lo describen con precisión a propósito del miedo. Cuando una respuesta de miedo disminuye, la memoria original no se borra: se forma un aprendizaje nuevo que la inhibe. El neurocientífico Mark Barad lo resumió así: la extinción del miedo no es el borrado del miedo original, sino un aprendizaje nuevo e independiente. Esto explica algo que muchas personas viven con frustración: en momentos de mucho estrés, una reacción antigua puede volver a aparecer. No significa que todo el proceso se perdió. Significa que el aprendizaje nuevo todavía se está fortaleciendo, y que vale la pena seguir cultivándolo en distintos espacios de la vida.
Y esto cambia la pregunta. Ya no es «¿cómo me deshago de lo que me pasó?», sino «¿cómo le enseño a mi sistema que hoy hay otras posibilidades?».
Muchos planos a la vez: de arriba abajo y de abajo arriba
La reorganización no ocurre en un solo nivel. Las redes neuronales que sostienen las respuestas automáticas están muy consolidadas: se han repetido miles de veces y no se transforman solo con una idea nueva. El cambio necesita tocar varios planos a la vez.
Ocurre de arriba abajo, cuando comprendemos, cuando le damos sentido a lo vivido, cuando ponemos palabras donde antes solo había reacción. Y ocurre de abajo arriba, desde la experiencia corporal directa: la respiración, la postura, la percepción de las sensaciones internas, lo que hoy se llama interocepción.
La respiración es una de las puertas más directas. Una revisión de estudios publicada en 2018 encontró que respirar lento, a menos de diez respiraciones por minuto, se asocia con una mayor variabilidad del ritmo cardíaco —un marcador de la flexibilidad del sistema nervioso autónomo—, con más ondas alfa en la actividad eléctrica del cerebro y con menos ansiedad. Los mecanismos todavía se siguen estudiando, pero muestran algo importante: cambiar el ritmo del cuerpo cambia el estado del sistema.
En el trabajo clínico se observa, además, cómo la protección se instala en las capas más profundas. Una de ellas es el psoas, el músculo que une la columna lumbar con las piernas y que participa en el gesto de recogerse sobre sí misma y también en el de correr. Desde la práctica somática, autoras como Liz Koch y enfoques como el de David Berceli lo describen como un músculo íntimamente ligado a las respuestas de protección: cuando el sistema se prepara para defenderse, el centro del cuerpo se contrae, y cuando vuelve a sentirse a salvo, ese centro puede soltar. Otra capa es la fascia, el tejido que envuelve y conecta todo el organismo: investigaciones en la fascia de la zona lumbar encontraron una inervación sensorial densa, lo que la hace parte de cómo nos sentimos desde adentro. Por eso el trabajo neurosomático —el movimiento, la respiración, la atención a las sensaciones, el contacto— no es un complemento decorativo: es una de las vías por las que el sistema recibe la información de que ahora es distinto.
Y el cambio llega incluso al plano eléctrico. El cerebro funciona con ritmos, con oscilaciones que se coordinan entre distintas regiones, y se ha observado que en el estrés postraumático la conectividad entre algunas de sus redes se altera. Un ensayo preliminar publicado en 2020, con 36 personas con estrés postraumático, entrenó el ritmo alfa con neurofeedback y observó menos síntomas y una conectividad entre redes cerebrales más cercana a la de personas sin estrés postraumático. Es una línea de investigación que recién comienza, y apunta en la misma dirección: la restauración también es una recuperación del ritmo.
Herida en el vínculo, restauración en el vínculo
Hay algo que atraviesa todo lo anterior. Somos seres que nos enfermamos y nos dañamos en relación, y también nos restauramos a través del vínculo.
No es solo una intuición. Un metaanálisis clásico sobre los factores de riesgo del estrés postraumático encontró que, junto con la intensidad de lo vivido, lo que ocurre después —como la falta de apoyo social— está entre lo que más pesa en que se desarrolle un estrés postraumático. Un sistema nervioso aprende seguridad, en buena parte, en presencia de otro sistema nervioso que está regulado: una voz que no amenaza, una mirada que se queda, una presencia que acompaña sin invadir.
Por eso, con el tiempo, una persona con una herida emocional profunda no se transforma en otra persona. No se vuelve una versión idealizada de sí misma, sin historia y sin cicatrices. Lo que cambia es su capacidad: de estar en relación con la vida y con los otros, de sentir sin desbordarse, de acercarse sin perderse, de descansar sin que el descanso se sienta peligroso. El espacio interno se amplía, y el dolor, que antes lo ocupaba todo, empieza a ser una parte de la historia y no el centro desde donde todo se organiza.
Somos más amplios que nuestro dolor.
Una pregunta para ti
¿Alrededor de qué herida se ha ido organizando tu vida, y qué pequeño movimiento —una respiración, un gesto, un vínculo— podría devolverte hoy un poco de libertad?
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Con amor,
Catalina
Fuentes
- Brewin CR, Burgess N (2014). Contextualisation in the revised dual representation theory of PTSD: A response to Pearson and colleagues. Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry 45(1):217-219 (hipocampo, recuerdos intrusivos con falta de contexto temporal): https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3857594
- Linson A, Friston K (2019). Reframing PTSD for computational psychiatry with the active inference framework. Cognitive Neuropsychiatry 24(5):347-368 (expectativa de amenaza que pesa más que la evidencia del presente): https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC6816477
- Barad M (2006). Is extinction of fear erasure or inhibition? Why both, of course. Learning & Memory 13(2):108-109 (la extinción como aprendizaje nuevo que inhibe, no borrado): https://learnmem.cshlp.org/content/13/2/108.full
- Payne P, Levine PA, Crane-Godreau MA (2015). Somatic Experiencing: using interoception and proprioception as core elements of trauma therapy. Frontiers in Psychology 6:93 (procesos de abajo arriba y de arriba abajo): https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4316402/
- Zaccaro A et al. (2018). How Breath-Control Can Change Your Life: A Systematic Review on Psycho-Physiological Correlates of Slow Breathing. Frontiers in Human Neuroscience 12:353: https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fnhum.2018.00353/pdf
- Koch L. The Psoas Book (el psoas desde la práctica somática).
- Berceli D (2005). Trauma Releasing Exercises (TRE) (el psoas y las respuestas de protección).
- Tesarz J, Hoheisel U, Wiedenhöfer B, Mense S (2011). Sensory innervation of the thoracolumbar fascia in rats and humans. Neuroscience 194:302-308: https://fasciaguide.com/research/sensory-innervation-of-the-thoracolumbar-fascia-in-rats-and-humans
- Nicholson AA et al. (2020). A randomized, controlled trial of alpha-rhythm EEG neurofeedback in posttraumatic stress disorder: A preliminary investigation. NeuroImage: Clinical 28:102490: https://cibm.ch/publications/a-randomized-controlled-trial-of-alpha-rhythm-eeg-neurofeedback-in-posttraumatic-stress-disorder-a-preliminary-investigation-showing-evidence-of-decreased-ptsd-symptoms-and-restored-default-mode-and/
- Brewin CR, Andrews B, Valentine JD (2000). Meta-analysis of risk factors for posttraumatic stress disorder in trauma-exposed adults. Journal of Consulting and Clinical Psychology 68(5):748-766: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/11068961/
- Kashmir Shaivism (spanda y Spanda Kārikā, siglo IX): https://en.wikipedia.org/wiki/Kashmir_Shaivism
- Wallis C (2016). The true nature of the mind (Pratyabhijñāhṛdayam, sūtra 5): https://hareesh.org/blog/2016/5/12/the-true-nature-of-the-mind-recognition-sutra-5
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