Hay una imagen de ti que llevas desde hace tanto tiempo que ya no la ves. La sientes como algo natural, como tu forma de ser: “yo soy así”. Esa imagen no apareció de la nada. Se fue formando, gesto a gesto, en las miradas que te devolvieron quién eras antes de que tuvieras palabras para preguntarlo. En el rostro de tu madre cuando llorabas. En el silencio de tu padre cuando te enojabas. En lo que se celebraba de ti y en lo que se corregía. En lo que se decía de las mujeres en tu casa, en tu escuela, en tu pueblo o en tu ciudad. En lo que estaba permitido desear y en lo que era mejor callar.
De a poco, esas voces de afuera se volvieron una voz de adentro. Hoy ya no te dice “tú eres así”. Te dice “yo soy así”. Ahí ocurre algo muy profundo: lo que alguna vez fue una narrativa sobre ti se transforma en tu identidad. Esto es quien soy, quien he sido y quien puedo llegar a ser.
Cómo se hace carne una narrativa
Esto no es solo una idea psicológica. Ocurre en el cuerpo.
Durante los primeros años de vida, el sistema nervioso se organiza en relación con otros. Un bebé no puede regularse sola: necesita que otro cuerpo la calme, la sostenga, la nombre. De esa relación temprana el cerebro va armando lo que John Bowlby llamó modelos operativos internos. Son mapas implícitos que responden preguntas que nunca formulamos en voz alta: ¿soy digna de cuidado?, ¿el mundo es seguro?, ¿qué tengo que hacer para que me quieran?, ¿qué parte de mí tengo que esconder?
Estos mapas no se guardan como recuerdos que se puedan contar. Se guardan en la memoria implícita y procedimental, que es la misma que te permite andar en bicicleta sin pensar. Por eso no los recuerdas: los vives. Están en el tono de tus hombros, en la respiración que contienes cuando alguien levanta la voz, en la sonrisa que aparece sola cuando en realidad quieres decir que no, en la rapidez con que te haces cargo de lo que no te corresponde.
Las neurociencias actuales describen el cerebro como un órgano que predice más de lo que reacciona. A partir de la experiencia acumulada, anticipa lo que va a pasar y organiza la percepción, la emoción y la fisiología para responder a esa predicción. La imagen que tienes de ti funciona como una de esas predicciones de fondo. No solo describe quién eres: filtra lo que ves y lo que crees posible. Si aprendiste que tu valor depende de ser útil, tu sistema va a detectar con precisión cualquier necesidad ajena y casi no va a registrar las tuyas. Si aprendiste que tu fuerza incomoda, tu cuerpo va a apagarla antes de que llegue a expresarse, y lo vas a sentir como timidez, prudencia o cansancio.
Así, la narrativa se vuelve realidad. No porque sea verdad, sino porque organiza la vida para confirmarse a sí misma.
Una idea antes de seguir
Hay algo importante que conviene decir aquí: no existe un yo puro, intacto, que haya nacido aparte del mundo. Somos seres relacionales. Llegamos a ser quienes somos a través de otros. Eso no es una falla, es nuestra naturaleza. Tampoco todo lo que heredaste es una cárcel. Hay ternura, hay saberes, hay formas de amar y de resistir que te llegaron de las mujeres que vinieron antes y que vale la pena honrar.
La pregunta no es cómo borrar lo aprendido para encontrar a una mujer original escondida debajo. La pregunta es otra: de todo lo que me enseñaron sobre quién soy, ¿qué elijo hoy, con conciencia, y qué estoy repitiendo solo porque nunca me detuve a mirarlo?
Cuando la imagen empieza a quedar estrecha
En la vida de muchas mujeres llega un momento en que algo empieza a tensarse. A veces llega con una pérdida, una separación, la salida de los hijos, una enfermedad, un cambio de etapa del cuerpo. Otras veces no hay ningún hecho visible: solo una incomodidad sorda, una sensación de estar viviendo una vida que se ve bien desde afuera pero que por dentro ya no te calza.
Y aparecen las preguntas. ¿Y si esto que soy no es todo lo que soy? ¿Y si la mujer que construí para ser querida, aceptada o protegida no es realmente yo? ¿Y si las posibilidades que veo para mi vida son solo las que me enseñaron a ver?
Desde una mirada fisiológica, esa tensión puede entenderse como un desajuste entre el modelo interno y la experiencia viva. Durante años, el sistema sostuvo una predicción y la confirmó una y otra vez. Pero el cuerpo cambia, la vida cambia, y llega un punto en que la distancia entre la imagen y lo que de verdad sientes se vuelve demasiado grande para seguir ignorándola. Esa distancia se siente como inquietud, como insomnio, como irritabilidad, como una tristeza que no sabes nombrar, como un cansancio que el descanso no repara.
Hay además etapas en que el cuerpo mismo empuja esta reorganización. Diversos estudios en neurociencia indican que las grandes transiciones hormonales de la mujer, como la adolescencia, el embarazo y la perimenopausia, van acompañadas de una reorganización real de redes cerebrales, incluidas las que participan en la percepción de una misma y en el procesamiento emocional. No es casual que tantas mujeres sientan en esas etapas que “ya no se reconocen”. Desde mi experiencia acompañando a otras mujeres, lo leo así: en esos momentos el sistema se vuelve más permeable, y por eso también más capaz de reescribirse.
Esto que llamamos crisis rara vez es un derrumbe sin sentido. Más bien puede ser un llamado. Es el sistema diciéndote que la forma que te protegió ya no te sirve para vivir, y que hay partes de ti que estuvieron guardadas demasiado tiempo y ahora piden lugar.
Lo que no nació de ti
Mira con calma cómo te describes. Las palabras que usas para hablar de ti: “soy muy exigente”, “soy la fuerte”, “soy la que sostiene”, “no soy buena para eso”, “siempre he sido así”. Mira también lo que crees posible para tu vida: hasta dónde te permites desear, cuánto espacio sientes que puedes ocupar, qué te parece demasiado para alguien como tú.
Lo más probable es que gran parte de eso no haya nacido de ti. Lo aprendiste en un tiempo en que adaptarte era la forma más inteligente de sobrevivir y de pertenecer. Tu sistema nervioso hizo exactamente lo que tenía que hacer: priorizó el vínculo por sobre la autenticidad, porque para una niña perder el vínculo es mucho más peligroso que perderse a sí misma.
No hay nada que reprochar en eso. Hubo una inteligencia profunda en cada forma que tomaste. Pero eres una mujer adulta, y la pregunta que se abre ahora es si esas formas todavía te cuidan o si se volvieron el límite de tu vida.
Volver al cuerpo para dejar de repetir
No se sale de una narrativa solo pensándola distinto. Como la imagen de ti está escrita en el cuerpo, se reescribe también desde el cuerpo. El cerebro mantiene durante toda la vida la capacidad de reorganizarse, y esa plasticidad se activa sobre todo con experiencias nuevas y vividas, no solo con ideas nuevas.
Por eso, la reconstrucción de una misma empieza por cosas muy concretas: notar qué pasa en tu respiración cuando estás a punto de decir que sí sin querer, quedarte unos segundos más en una emoción que antes cortabas, darte permiso para un deseo y ver qué sensación aparece en el pecho o en el vientre. Cada vez que tu cuerpo vive algo distinto a lo que la vieja narrativa predecía, sin que ocurra la catástrofe que esperaba, esa predicción pierde fuerza. Así, de a poco, se abre espacio para otra forma de estar en el mundo.
No es un camino rápido, y no promete llegar a una versión definitiva de ti. Es un regreso. Dejas de vivir desde lo que te dijeron que eras y empiezas a escuchar lo que tu cuerpo sabe de ti desde siempre.
Quizás la pregunta más honesta que puedes hacerte hoy no sea “¿quién soy?”, sino esta: ¿quién sería yo si nadie me hubiera enseñado a ser quien soy?
Para seguir este camino
Este regreso es el corazón de Reconstruir lo salvaje. El retorno de la mujer a su naturaleza instintiva, un proceso de ocho encuentros en vivo para mirar, con el cuerpo y no solo con la mente, las formas que tomaste para pertenecer: la complaciente, la perfeccionista, la que lo sostiene todo menos a sí misma. Lo recorremos juntas con neurobiología femenina, escritura, prácticas neurosomáticas y una comunidad de mujeres que están haciendo el mismo camino.
Comenzamos el sábado 6 de febrero de 2027: siete sábados y un jueves, de 10:00 a 12:15 (hora de Chile), en vivo por Zoom. Incluye las grabaciones, una comunidad privada de WhatsApp y mi libro digital El descenso de la mujer salvaje, de más de 300 páginas. El valor es de USD 444 y las plazas son limitadas.
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Con amor,
Catalina
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